Hubo un tiempo en que conducir era una experiencia. Placentera, estimulante. Un acto que requería atención, destreza… y responsabilidad. Pero ese tiempo ha pasado. Hoy, al volante, nos sentimos más como copilotos de una inteligencia artificial sobreprotectora que como conductores.
Los coches modernos no necesitan que sepas conducir. Literalmente.
- ¿Arrancar? Ya no hace falta usa el embrague.
- ¿Cambiar de marcha? Los automáticos lo hacen por ti.
- ¿Pendiente? El freno de mano automático evitará que te pongas nervioso.
- ¿Luces o limpiaparabrisas? Olvídate, el coche ya decide cuándo y cómo.
- ¿Superas el límite de velocidad en 1 km/h? Piiiiiiii.
- ¿Te olvidas de poner el cinturón al mover el coche 10 metros? Piiiiiii.
- ¿Has osado dejar la palanca en posición N en vez de P? ¡Alarma! ¡Infracción! ¡Peligro inminente!
Y no olvidemos a los grandes protagonistas del presente: las cámaras y sensores por doquier, el control de velocidad adaptativo que frena por ti aunque no quieras, los avisos de salida de carril que te pegan un volantazo suave «por tu bien», o el detector de fatiga que decide si bostezaste “demasiado fuerte”.
A todo eso hay que sumarle el GPS que te indica que hay una incorporación PELIGROSA por la derecha, cuando es una incorporación normal y corriente
Todo son pitidos, luces, alertas. No se conduce: se supervisa una consola de avisos constantes que intenta evitar que seas humano. Es como tener al profesor de la autoescuela instalado permanentemente en el salpicadero… pero más intenso. Y sin posibilidad de hablar con él. Lo único que hace es anestesiarnos ante los avisos, tanto aviso, ninguno es importante y la experiencia se hace muy tediosa. Ya no hay que responsabilizarse de mirar las señales, ya me avisará el coche.
Y entonces surge la pregunta lógica:
¿Si nos van a tratar como si no supiéramos conducir, por qué no pasamos directamente al coche autónomo y dejamos de fingir?
Ya está todo casi listo: visión artificial, mapas HD, inteligencia artificial, conectividad 5G. Lo que falta es voluntad (y normativa). Porque si el coche ya lo hace todo por ti, ¿qué sentido tiene seguir conduciendo?
Y no, esto no de nostalgia. Va de cómo hemos pasado de conducir a ser conducidos. Bienvenidas sean la innovaciones para mejorar el confort y la seguridad, pero para qué entonces debería ser necesario sacarse un carnet de conducir, una licencia que te habilita para manejar un vehículo de tracción mecánica por la vía pública. Igual deberíamos pensar un carnet fácil para coches con ADAS y uno para coche sin ADAS, porque la responsabilidad en caso de accidente, actualmente, es la misma pero no se puede escoger no tenerlos. Los ADAS son obligatorios, y son sistemas que intervienen directamente en la conducción.
Por supuesto, se puede argumentar (y con razón) que los ADAS salvan vidas. Que reducen errores, que ayudan a los conductores despistados. Nadie discute eso, pero son demasiado intrusivos. Ni hay un peligro inminente por ir a 121km/h ni se está a salvo conduciendo con total seguridad a 119km/h. Deberían intervenir en situaciones de peligro real y no anestesiar nuestra propia percepción con avisos constantes.
Hoy, conducir se ha vuelto una coreografía vigilada, una rutina monitorizada. No conduces: gestionas alertas. Y lo haces bajo sospecha.
Con suerte, en unos años ya ni eso: nos quitarán el volante, nos pondrán una pantalla y nos dirán que conducir era peligroso, innecesario y contaminante. Y ya no nos pitarán… porque ya no hará falta.

Deja un comentario